sábado, 22 de agosto de 2009

entrevista

En la calle, en medio del tráfico y la polución tengo la oportunidad de conocer parte de la vida de un hombre, alguien que revela físicamente el sufrimiento y las huellas imborrables que lo han dejado marcado; con una apariencia poco atractiva a los ojos de los demás, emanaba un olor característico de quienes viven completamente en el abandono.
Un personaje que sin lugar a duda es una persona maravillosa, tal vez muchos ni lo han visto, por la sencilla razón que no es un personaje del común de la sociedad.

Cuando lo saludé, a pesar de la fuerte impresión que pude sentir, entendí que el acercamiento con él iba a ser fácil y agradable, pues revela una sonrisa y amabilidad envidiable, que sólo al mirarlo se sabe que es feliz con su vida y que por ningún motivo quisiera cambiarla.

Álvaro Suárez un ser humano que por accidente le cambió su vida hace muchos años y pese a las dificultades que se le han presentado, con el transcurrir del tiempo a logrado salir adelante de una forma muy particular. Él me contó su historia, paso a paso, de lo que se acuerda, queriendo enterarme de todo lo relacionado con su apasionante vida.

Al preguntarle el nombre, me respondió con su voz alegre y risueña que se llamaba Álvaro, pero inmediatamente aclaró que tenía seudónimo, en la calle lo conocen como el Terrícola. Este nombre artístico, como lo llama él, lo escogí por la simple razón que cuando empecé a enfrentar el mundo de la calle me sentí ignorado por la sociedad, por la jerarquía y la ética que ella resguarda, debido a la indiferencia sentía que era una especie de extraterrestre y que mejor que “Terrícola” para representar mis sentimientos; abreviado me dicen “Terri”.

Todos tenemos una historia y somos protagonistas de la vida real, el escenario es el planeta tierra y a mi me tocó el drama real de tener dos vidas en este cuerpo. Tuve un accidente en una bicicleta, me destrocé el rostro y gracias a la ciencia ahora lo tengo mejor, pero mi cerebro no quedó bien. Duré quince años con amnesia, y la pérdida de memoria me cambió el mundo normal de estudiante, al mundo de la indigencia.

Era un hijo de una familia con una estabilidad social, clase media, estudiaba en la Universidad, que no recuerdo el nombre, cursaba segundo semestre de Electrónica.
Cuando me accidenté en un pueblo llamado Pacho, Cundinamarca las personas que me ayudaron fueron un grupo de evangélicos, debido a esto me dediqué a estudiar la Biblia, pero igual sentía que era una carga para ellos, entonces, le pedí a Dios que me indicará que hacer y me señaló en la Biblia un texto que decía, “viaje de Pablo a Antioquía”, y lo relacioné con Medellín, Antioquia; y aquí estoy, afirma con una felicidad absorbente.

Después de aproximadamente treinta años, logro ir a mi casa en el año 2002 y me enteré que tanto mi padre como mi madre habían fallecido. Ahora mi familia es conformada por cuatro hermanos, y el árbol genealógico que formaron, ósea, mis sobrinos y los hijos de éstos.
En el momento estoy alejado de mi familia, pues para ellos es aterrador e imposible de aceptar que yo sea un indigente, y es mejor no estar cerca para no causar tristezas. Al decir esto, Terrícola, con una voz suave y segura a la vez, afirma, “ojos que no ven, corazón que no sufre”.

Al pensar en recuperar la vida que dejé de vivir o disfrutar, defino que todo ser humano anhela vivir en la ética real existencial, como es la ley fraternal, tener una compañera que me complemente. La mujer de la calle es un hombre con sexo de mujer, no tiene sentido estar de algún modo, con otro hombre; para tener una pareja, se debe buscar una mujer por su sensualidad, feminidad, aporte idóneo e inteligencia, que le ayuden a uno a salir adelante y no a postrarse.

Ahora no me siento capaz de adaptarme a la vida en sociedad. Soy feliz, mi vida está en medio de la nada, porque “la nada puede ser el todo, pues de la nada salió todo”, agrega.

La vida en el mundo de la calle no es fácil, pero gracias al inmenso amor que siento por Medellín he salido adelante, aquí la gente es más sensible y más humana.
A pesar de las oportunidades que tuve en algún momento, de ser una persona exitosa, tal vez, por mi rebeldía las perdí, pero ahora considero que si hubiera seguido el común de mi vida, estaría “secuestrado de la Nasa”, era demasiado inteligente y sabía mucho sobre ciencia, era “ratón de biblioteca”.
También se algo de inglés, “lo más importante es que no me dejo corchar”, afirma con gran seguridad; lo que sé de inglés lo utilizo para comunicarme con las personas que pasan por el semáforo, mi hogar, para llamar su atención y así ganarme la colaboración que me quieran brindar. También me gusta tocar flauta, “la música se lleva en el alma, es algo innato, soy músico de la nada”.

Durante los años que he vivido en la calle me he desempeñado en varios trabajos: vendiendo dulces, pidiendo limosna y haciendo reír la gente; ahora tengo un consultorio callejero, donde ayudo a las personas a combatir el estrés; la sociedad al preocuparse por el pasado y el futuro deja de vivir el presente, lo que perturba la tranquilidad del ser humano.
En el mundo de la indigencia, con mi inteligencia he sido capaz de afrontar una sociedad, que castiga sin descanso, aquellas formas de vivir que se salen del común denominador.
Todo lo que he experimentado me a permitido llegar a la siguiente conclusión: “Prefiero mi calle con mi inteligencia, que un palacio con mi represión”.

2 comentarios:

  1. muy bien!
    me gusta peri hace falta poner comilla para diferenciar cuando hablas tu y cuando hablat interlocutor... cèsar tapias

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